lunes, 5 de junio de 2017

La familia feliz


Hace años que no escribo un relato corto. Y creo que es un buen momento para volver a hacerlo. Aunque, bien pensado, este comienzo sería más adecuado para un ensayo o un diario. Tengo la impresión de que ya no sé cómo iniciar un texto, y arrancar es siempre lo más difícil. Sea como fuere, quería hablar sobre la pareja y la vida en sociedad, sobre sus estándares, sus rutinas y sus imposiciones. Sobre la amistad. Ese sentimiento de afecto y pertenencia que tanto necesitamos los humanos. A veces hablamos con orgullo de la cantidad de amistades que tenemos; la vida social; las cenas y las copas. ¿Pero qué ocurre en situaciones dramáticas, extraordinarias o de suma dificultad? Son esos momentos en los que la lista se estrecha y sólo son unos pocos los que se dejan ver o simplemente llaman para “ver qué tal”, “echar una mano” o “saber si necesitas algo”. Pero existe un caso aún más peliagudo, al menos más complejo: el de las amistades en pareja. Me viene a la memoria la historia de un conocido que, tras veinte años de matrimonio, se separó de manera amistosa de su mujer. Resulta relevante contar que tenían un retoño de menos de dos años y que su mayor preocupación era él. Sin embargo, lo que nos ocupa, el material que el relato exige y ha de contener, se centra más bien en cómo afectó la decisión a la vida social de la pareja. Porque, claro, cuando una pareja se separa, los miembros de otras parejas suelen tomar partido por uno de los implicados, aunque, en ocasiones, ni siquiera es necesaria la parcialidad para romper relaciones, pues se impone el pragmatismo; es decir: “estos ya no nos sirven porque no son pareja y, por lo tanto, no podemos salir en comanda y su hijo ya no jugará con el nuestro, etc”. Pero volvamos a la narrativa de la historia que nos ocupa: resulta que la decisión de separarse no sentó bien en algunos de sus círculos sociales, quizá porque, de alguna manera, también modificaba las rutinas de los demás. Así las cosas, los padres divorciados, viviendo ya en dos domicilios distintos, resolvieron que sería mejor matricular a su hijo en una guardería del nuevo barrio al que se habían mudado. A ella acudían también los hijos de otras dos parejas afines, o digamos mejor amigas, o quizá sólo conocidas. Durante los primeros meses de curso, los examigos fueron correctos y diplomáticos en el trato con los padres separados, que acudían cada uno por su cuenta a llevar o recoger a su hijo. A decir verdad, la situación resultaba algo violenta, pues los viejos amigos no se atrevían a intimar con ninguno de los miembros de la pareja para no desmerecer al otro, de modo que al final se saludaban, intercambiaban algún comentario banal y se deseaban buenas tardes; lo habitual entre gente que convive pero no estrecha lazos. No obstante, un día cualquiera, una de las parejas “amigas” les convidó a cenar en su casa por separado; primero a ella y luego a él. La sorpresa fue mayúscula cuando, el día de la cita con ella, se presentó la familia al completo: la mujer, su exmarido y su hijo. Todos en compañía, como una unidad familiar cualquiera, como si nada hubiese sucedido. Esto desconcertó a los anfitriones, que les hicieron pasar al salón un tanto atribulados y les instaron a sentarse a tomar un aperitivo. La noche era húmeda y anticipaba un verano agresivo a través de los aromas de las plantas y el aliento de la tierra del jardín, donde preparaban la barbacoa. Fue entonces, mientras el humo ascendía al cielo formando volutas salomónicas, cuando la anfitriona preguntó a su homónima si se había vuelto a “arrejuntar”. Sí, respondió la mujer, nos hemos vuelto a unir, al menos a efectos sociales, de este modo la gente no nos da de lado, ni como pareja ni como individuos; además nos sirve para demostrar que para ser una familia feliz no se necesita vivir bajo el yugo matrimonial, con la frustración que genera una atadura, una obligación o una cárcel. Acudimos a menudo al parque con nuestro hijo o a tomar un aperitivo a una terraza sin él; nos comportamos como una familia, una más, una cualquiera, pero dormimos separados. Nuestro pequeño tiene dos casas y dos mascotas, dos teles y dos terrazas, dos viajes estivales y dos regalos de Reyes, es un privilegiado burgués aun siendo hijo de dos asalariados de clase media que sufren para llegar a fin de mes, y se muestra feliz y contento porque jamás discutimos, puesto que ya no somos un matrimonio y, por lo tanto, poco podemos exigirnos. La única pena que me queda es que los adultos no sean capaces de asumir con tanta naturalidad como los niños que la familia es lo que sus miembros decidan ser y no lo que la tradición, la Iglesia o el Estado han impuesto desde tiempos inmemoriales. 

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