miércoles, 4 de marzo de 2015

La vida mitigada, de Tomás Sánchez Santiago


Cuando uno pasa la última página de esta Vida mitigada y cierra el libro, tiene la sensación, tal vez un regusto figurado que se pega al paladar como las burbujas de un buen vino espumoso, de que acaba de leer una de esas obras que hacen magisterio de lo sencillo. Tomás Sánchez Santiago recoge el material narrativo de la observación minuciosa de lo cotidiano; de las calles de las ciudades en las que ha vivido o ha visitado, de la personalidad de su vecinos y compañeros, de las rutinas y caprichos de la naturaleza, y demuestra así que el buen escritor es capaz de usar no sólo la poesía, sino también la prosa, para hablar de la contemplación de un rayo de sol que se cuela por la ventana de su cuarto y reverbera en la superficie plana de una mesa de madera de roble.

“La luz limpia y azul que parece avisar de algo en estos primeros días de enero. Mirad cómo es entrego el año nuevo, no lo manchéis demasiado. Eso parece decir el resplandor inicial que inaugura estas tierras. Ya nos encargaremos nosotros de irlo oscureciendo todo” (p. 32)

Tomás Sánchez Santiago nos presenta un compendio de apuntes o notas tomadas sin prisa alguna, construidas con un “lenguaje tranquilo” y “no mucho cincel”, según apunta el propio autor en el prólogo. En ellas encontramos algunos de esos detalles, tantas veces inadvertidos, que al final resultan ser las únicas piezas que componen la existencia. Reflexiones que nacen de los aspectos más sencillos de nuestro día a día; pequeños retratos de movimiento pausado, instantáneas vitales como las que toma un fotógrafo que se lanza a la calle acarreando una cámara convertida en pluma.

“El poeta es el que quiere estar siempre cerca de las cosas. También de las desechadas, de las peligrosas, de las inadvertidas, de las perseguidas por los azotes del hombre y las inclemencias. Da igual. Él se pone cerca de ellas y canta” (p. 98)

Y, ciertamente, el poeta es un profesional de la palabra, aunque la palabra no sea para uso exclusivo del poeta. Es así como alcanzamos a comprender uno de los temas principales de la obra; el de la mudez; el de la negación de la palabra como único modo de preservar el lenguaje en un estado puro e incorruptible, necesario para su transmisión como legado. Afortunadamente, aún quedan escritores sin rostro, como este zamorano afincado en León, que nos recuerdan que la composición de un libro no depende de la historia que nos cuenta, ni de su trama, ni siquiera de su voz, sino de las palabras que lo forman y de las sensaciones que éstas generan en el lector.

“De la misma manera que aquellos hombres primitivos se pasaban el testigo residual de un poco de fuego para mantener la vida, y de la misma manera que en los pueblos que tú conoces mejor que yo las mujeres guardaban un poco de hurdimiento para no quedarse sin pan, así me vienes tú a decir que los escritores debemos prestarnos palabras unos a otros cuando veamos que hay falta de ellas. Nada más lejos, por cierto, de lo que suele suceder.” (p. 292)


La vida mitigada se divide en seis partes, la última de las cuales contiene un relato inédito que combina la fábula con el ensayo y la autobiografía y que desde aquí le recomiendo públicamente a mi querido Enrique Vila-Matas. Se trata de un texto que bien podría haber sido publicado por una de esas prestigiosas editoriales literarias que se jactan de haber protegido, y seguir protegiendo, ahora como sello alternativo de un gran grupo empresarial, la mejor literatura española. Sin embargo, son precisamente esos editores [sic] quienes desconocen que tras las bambalinas de la autopromoción y los excesos ególatras de las redes sociales, existen aún escritores magistrales que desde su trinchera nos enseñan que la literatura de verdad no puede estar en otro lugar que no sea el interior de uno mismo.

La vida mitigada. Tomás Sánchez Santiago. Eolas Ediciones, 2014.

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