martes, 22 de noviembre de 2016

Viaje por la Europa mágica: cinco destinos alternativos

Descubridores. Aventureros. Exploradores. El afán del hombre por conocer territorios remotos e inexplorados existe desde muy antiguo. Se trata de una consecuencia lógica de la curiosidad y la inquietud de los humanos por acercarnos a lo desconocido. La necesidad de abandonar el sedentarismo y escapar de casa en busca de nuevos territorios, gentes y culturas se ha potenciado en las últimas décadas gracias a la proliferación de las compañías aéreas de bajo coste y el aumento de la oferta hotelera. Hoy en día, visitar alguna capital europea para pasar unos días de vacaciones, un puente o un fin de semana está al alcance de muchos. Bruselas, Lisboa, Berlín, Praga. Pero existe también otra Europa. Una Europa menos conocida y visitada. Una Europa oculta que mantiene la esencia primigenia que nos impulsa al viaje; una necesidad casi fisiológica que nada tiene que ver con el esnobismo o la tendencia, sino con la búsqueda de los hallazgos. Algo que sin duda ha influido a la hora de elegir los cinco destinos que recorre este texto. Un viaje a lo largo del cual visitaremos ciudades cargadas de esencia y goticisimo, de bruma y de misterio, de historia y de vidas al límite, de supervivencia y autenticidad. Urbes alejadas de los parques de atracciones turísticos en que se han convertido Roma, Londres, París o Barcelona.



1.     Annecy (Francia)

Suele elogiarse con entusiasmo la belleza de lugares como Brujas, Praga o Siena. Ciudades históricas y monumentales que, de tan bien conservadas, parecen un decorado erigido en medio del desierto; una composición ficticia donde los turistas, atraídos por la fuerza de la estética, se convierten en una masa densa que todo lo inunda. Annecy, sin embargo, alberga en sus viejas calles la verdadera esencia de un pasado que, afortunadamente, nunca pudo escapar de su núcleo urbano. En consecuencia, su casco antiguo parece un mercado medieval gigante y permanente donde el carnicero, el panadero y el mesonero no interpretan otro papel que el de sus propias vidas. Annecy no es pues una ciudad histórica, sino una suerte de máquina del tiempo.

La localidad está situada en un enclave maravilloso; a los pies de un lago de aguas turquesa y muy cerca de las primeras estribaciones alpinas, lo que dota al entorno de esa tonalidad verde botella cuyo pigmento sólo se encuentra cerca de las montañas. En mi caso, el descubrimiento de Annecy fue pura casualidad; una tormenta terrible me expulsó de Chamonix, a los pies del Montblanc, y me obligó a buscar refugio en alguna ciudad de tamaño medio en la región del Ródano-Alpes. En cualquier caso, merece la pena desviarse para visitarla, pues Annecy es uno de los destinos más pintorescos de Europa. Y no sólo por su geografía, sus monumentos o su red de canales (que la han llevado a ser conocida como la Venecia francesa -en muchos países hay una Venecia nacional y en algunos casos la comparación es un insulto-), sino también porque es un verdadero ejemplo de Vieille Ville: con su Rue Sainte-Claire y sus arcadas, su château y su catedral, sus puentes de época y sus viejos edificios engalanados con geranios. Una villa que, a diferencia de la mayoría de ciudades medievales europeas, rezuma autenticidad. 
  


2.     Tallin (Estonia)

Aun a sabiendas de que la ciudad de Tallin es una capital monumental, con sus murallas y sus tejados rojos y sus iglesias ortodoxas y luteranas, uno espera que exista en su casco histórico algún vestigio comunista, algún bloque gris de edificios, alguna plaza cuadriculada y racionalista de grandes dimensiones que recuerde el pasado soviético de la ciudad. Sin embargo, lo que el viajero encuentra es una ciudad muy bien restaurada donde coexisten dos elementos que la hacen peculiar, a saber: el clima y la influencia eslava; una pureza nacional que la diferencia de ciudades como Brujas, Amberes o Gante. Destaca en el centro histórico la antigua la Plaza del Ayuntamiento. En ella el edificio comunal actúa como foco de atención y punto de fuga. No hay nada más en el espacio central; los cafés, bares y restaurantes se encuentran en los bajos de los edificios que forman su contorno, donde, además, permanece a pleno funcionamiento la farmacia más vieja de Europa.

Tallin está dividida en dos partes; la ciudad baja, con la plaza del Ayuntamiento como epicentro, y la ciudad alta (sobre la colina de Toompea), donde se ubican las dos catedrales y el parlamento. A esta parte se accede por dos calles empedradas (conocidas como la pierna corta y la pierna larga) que merece la pena ascender. Desde el mirador se puede contemplar esta capital de tejados exangües y piedras ancestrales. Y también el horizonte brumoso sobre cuyo primer plano caen copos de nieve en una suerte de baile ancestral.  La ciudad vieja, con su trazado gótico, te obliga a perderte entre sus casas nórdicas de tres pisos, sus iglesias y sus palacios. Pasear por el casco antiguo de Tallin en un viaje sin rumbo es quizá lo más indicado para empaparse de su esencia. En él se encuentra uno de los monumentos más peculiares de la ciudad: la casi desconocida iglesia ucraniana. Se trata de un templo que suele aparecer en las guías y sin embargo no resulta fácil de hallar, pues está escondido en el patio de una antigua casona señorial. En su recoleto interior, destaca un original iconostasio de madera que aglutina toda la atención del espacio. Cada vez que recuerdo la voz del pope amortiguada por los revestimientos de madera, me viene a la memoria un sentimiento extraño e introspectivo que concentra con precisión los misterios que esconde la ciudad.



3.     Ginebra (Suiza)

A los pies del Lago Leman se levanta la capital intelectual de Suiza; una ciudad que no puede escapar de la mirada inquisitiva del Mont Blanc, cuya cumbre nevada vigila el lago desde una distancia de setenta kilómetros. Jorge Luis Borges dijo de ella que “de todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas a las que un hombre aspira hacerse acreedor en el transcurso de sus viajes, es Ginebra la que me parece la más propicia a la felicidad.” De hecho, el gran poeta argentino se retiró a ella para disfrutar sus últimos años. Lo cual tiene mucho sentido si tenemos en cuenta que la ciudad fue elegida por varios autores como centro espiritual del romanticismo. Veamos: a la Villa Diodati, propiedad del poeta Lord Byron, acudieron durante el verano de 1816 personajes como Percy Shelley, Polidori, Clara Clairmont o Mary Shelly. En ella, como afirma William Ospina en su obra “El año del verano que nunca llegó”, se gestaron creaciones literarias trascendentales, como la figura del vampiro o la del monstruo Frankenstein. El lago Leman y su entorno se han mostrado siempre como un lugar cargado de misterio y pesadillas góticas. Y esa esencia romántica plagada de contradicciones; oscura y pacífica, tenebrosa y feliz, se palpa nada más llegar a la capital de cantón francófono.

La ciudad vieja, llena de edificios del gótico tardío, se asienta sobre una colina en la orilla izquierda del lago. Toda la actividad de la parte baja de la ciudad está condicionada por el Leman y su chorro gigante de agua, que actúa como escultura natural o monumento. Es en esta zona donde podemos contemplar algunos contrastes que marcan la idiosincrasia suiza, pues en ella se encuentran la mayoría de entidades bancarias. Ginebra cuenta con un sinfín de bancos donde la gente entra a depositar o retirar dinero mientras arrastra maletas con ruedas. Pero también cuenta con un sinfín de bancos de madera donde algunos mendigos se tumban a dormir o descansar. Se da la circunstancia de que algunos de estos bancos de madera se encuentran a las puertas de algunas de estas entidades bancarias, un hecho que confronta a ricos y pobres en un deliro al que el sistema parece hacernos insensibles. Por el centro también abundan las relojerías y joyerías, los hoteles de lujo, las tiendas de ropa carísimas y los restaurantes con solera. Al final, como el agua del Ródano, todo lo que sucede en la ciudad tiende a desembocar en el lago, testigo mudo e inmóvil que otorga a Ginebra el estado asintomático que nos transmite al conocerla.  



4.     York (Inglaterra)

Tal vez sea York (con permiso de Bath) la ciudad monumental más bonita de Inglaterra. En sus más de dos mil años de historia ha sido una de las plazas donde se ha decidido el devenir de la nación británica. La antigua Jórvík fue uno de los más importantes centros comerciales vikingos en el siglo IX y, desde entonces, no dejaría de adquirir importancia, hasta convertirse, tras la Guerra de las Rosas, en la capital del norte del país, una especie de Invernalia. Pues bien, toda la esencia histórica que desprenden tantos siglos de sucesos trascendentales se deja sentir al pasear por sus calles estrechas y húmedas mientras se contemplan las maravillas de la arquitectura civil y religiosa, donde destaca sin duda la catedral gótica.

York es una de las ciudades más románticas de Europa (entendiendo por romanticismo el estilo artístico del siglo XIX); una ciudad llena de vestigios de piedra y ruinas, de museos y de turistas de fin de semana, pero también de ciertas peculiaridades, como el museo vikingo, el pub más antiguo de Inglaterra (el Ye Olde Starre Inn) o viejas callejuelas como The Shambles, que nos transportan a una antigüedad difícil de recrear. Pero lo que más me llama la atención de York es el ambiente provinciano que conserva a pesar de encontrarse rodeada de las grandes capitales industriales del norte de Inglaterra. Su historia representa su orgullo, algo que exhibe altiva y engalanada ante la cada día mayor afluencia de turistas. Sin embargo, sus mañanas y su día a día recuerdan, salvando las distancias sociales y culturales, a las de una pequeña capital castellana, una villa de la Provenza o una ciudad monumental de la Toscana, pues desprende un aire europeo que debería recordarles a aquellos con tendencia al aislamiento que la tierra de unos está formada por el polvo que trajeron otros.



5.     Bergen (Noruega)

Bergen es la segunda ciudad más grande de Noruega. Se trata de un precioso enclave donde llueve durante trescientos días al año. Llegue a Bergen una tarde de julio en la que llovía con pereza, pero nada más apearme del vehículo la lluvia se detuvo dejando paso a un sol tenaz. El cielo estaba estrellado a pesar de que era aún de día. La latitud de Bergen es tan elevada que confunde, pues da la impresión de estar más cerca de la bóveda celeste. Algo que contrasta con el enclave de una ciudad atrapada entre dos accidentes naturales; a un lado las montañas y al otro el mar.

Sus atractivos turísticos son variados y entre ellos destaca el Bryggen, un grupo de casas de madera levantadas en el siglo XVIII según la traza medieval. Frente a ellas está la bahía de Vågen, cuyo mercado marítimo es uno de los mayores reclamos turísticos del país. En él se puede adquirir todo tipo de pescado. No muy lejos de allí se encuentra el funicular que asciende al monte Fløyen, desde donde el trazado de la ciudad se muestra al desnudo. Pero quizá el monumento más especial sea una iglesia que se encuentra a las afueras, la de Fantoft. Se trata de uno de esos templos protogóticos con tejado de madera a dos aguas que evocan un barco vikingo, una stavkirke. Recuerdo que en su interior había un pequeño retablo insertado en la angostura del ábside que brillaba gracias a un haz de luz que entraba por uno de los vanos saeteros; el paradigma de la luminosidad. Una imagen inolvidable e indescriptible. Un fenómeno extraordinario sobre el que radica la esencia del viaje: experiencias que no podemos describir pero que sin embargo amplían nuestra percepción del mundo. Al fin y al cabo, como decía Unamuno: Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte.

Reportaje publicado en el suplemento dominical de La Opinión de Zamora el 20/11/2016


viernes, 21 de octubre de 2016

El hombre de las mil caras, un retrato de la España más corrupta


Vaya por delante que El hombre de las mil caras me parece una película sólida y entretenida, arriesgada y difícil de narrar, valiente y personal, pero también fallida. Se necesita mucha osadía o mucha seguridad en uno mismo o tal vez un par de éxitos previos para abordar un tema de la historia reciente de nuestro país, pues, por momentos, la mente del  espectador duda sobre lo que está viendo: un documental, una recreación del Canal de Historia, una caricaturización o un biopic. Quedémonos con esta última etiqueta: Francisco Paesa es un exagente de los servicios secretos españoles que se ve involucrado en un fraude y obligado a abandonar el país. Cuando regresa años después, se encuentra en la ruina y sobrevive gracias a un puesto diplomático como embajador de Santo Tomé y Príncipe. Es entonces cuando recibe la visita de Luis Roldán y su mujer, quienes le solicitan que esconda los mil quinientos millones de pesetas sustraídos de las arcas públicas. Ahí comienza una trama de espionaje, falsas identidades y engaños en la que Paesa se burla a todos, incluso del espectador.

El film se convierte por lo tanto en un thriller de espionaje patrio narrado siguiendo un estilo efectista que se apoya en una voz en off y que nos recuerda, quizá en exceso, los desmanes de Guy Ritchie; una serie de capítulos con su título respectivo, escenas montadas a golpe de corte, personajes histriónicos con motes intrascendentes (como el de "El cochero de Drácula" para Belloch) y un tono que se debate entre el drama y el humor generando cierta indefinición. Pero tal vez lo más criticable de la cinta sea el ritmo que, caído de revoluciones a base de detalles insustanciales, recupera el tono para perderlo minutos después, lo que provoca una bajada de la tensión dramática y por ende del interés del espectador. Bien es cierto que la información que hay que suministrarle al espectador es más que numerosa, pero la forma de hacerlo resulta en ocasiones abrumadora al no separar lo importante de lo que no lo es tanto.

Resulta sin embargo soberbio el papel de Eduard Fernández, construido sobre un personaje bien trazado que sostiene la historia y contrasta con un Luis Roldán que, aunque cercano y humanizado, además de bien interpretado, no deja de parecer un disfraz de aquel hombre que aparecía en las portadas de los periódicos a mediados de los noventa con su gabardina y su maletín. Como decía al inicio del texto, el proyecto era ya de por sí muy arriesgado, pues resulta difícil trabajar una ficción con un personaje que, hasta no hace tanto, pertenecía a la actualidad, aunque sea una actualidad con menor inmediatez que la de hoy en día; la de las redes sociales. No obstante, la película, vista desde un punto de vista foráneo, es un minucioso ejercicio narrativo que flirtea con la no ficción desde la ficción y que tiene más virtudes que defectos. Lamentablemente, los defectos, en especial el ritmo timorato que porfía para avanzar con arrancadas constantes que provocan tirones, resultan más visibles. En cualquier caso, criticar una cinta española con tanto respeto por el trabajo bien hecho demuestra que, de unos años hacia acá, el cine patrio ha logrado trascender la comedia para crear productos originales que funcionan en taquilla gracias a directores jóvenes y valientes como Alberto Rodríguez.

martes, 11 de octubre de 2016

Patria, de Fernando Aramburu: la gran novela vasca


Leo reseñas de prensa, escruto comentarios en las redes y observo textos que la editorial y las librerías usan como reclamo y constato que se resalta, de forma casi unánime, que Patria es una novela sobre el conflicto vasco. Para mí Patria es sobre todo una gran novela decimonónica contemporánea; una obra que retrata la vida de dos familias, con el desarrollo de sus personajes (padres, hijos e incluso nietos) y la interrelación entre todos ellos, de la cual, es cierto, nace un conflicto basado en “el conflicto”. Pero todo lo relativo a éste pertenece al marco, a la ambientación, al lugar elegido para ejecutar la historia. Un pueblo tradicional y cerrado a sus costumbres. Si esta historia estuviese ambientada en la Castilla profunda, o incluso en Andalucía, lo único que cambiaría sería el conflicto: un conflicto religioso, una cuestión de honor o deshonor, una disputa por la linde. Algo que, al fin y al cabo, enemistase a las familias de forma irremediable y alargase el rencor a lo largo de un periodo prolongado de tiempo. Es decir: Aramburu podría haber retratado a la sociedad española sin ETA, pero no podría haber retratado a la sociedad vasca sin ETA. Y, obviamente, Aramburu pretendía hacer una revisión, casi antoprológica, de la sociedad vasca. Y quizá algo más.

En Patria el autor dibuja con la verosimilitud que se le exige a una ficción realista, que no es otra que la creación de una realidad propia que resulte creíble, una época por todos conocida en la que los atentados terroristas eran una constante en los noticiarios. Y lo hace con precisión de neurocirujano, abarcando un buen número de puntos de vista de la sociedad civil. Pero también mostrando una versatilidad que destila maestría, pues en esta novela también es importante saber quién es el asesino. Veamos: tenemos un pueblo sin nombre cercano a San Sebastián, una familia de clase trabajadora con varios hijos, otra familia amiga que prospera rápidamente gracias a un negocio de transportes. Tenemos un impuesto revolucionario. Tal vez un malentendido. Y luego una locura colectiva. Injusticia. Errores y consecuencias. El daño y todo lo irreparable. El rencor transformado en odio por un ente invisible. El arrepentimiento y el perdón. Y en definitiva un material narrativo que salta en el tiempo sobre una estructura de capítulos cortos que, como algunas series de televisión, se centran en un personaje y un episodio de su vida. Episodios que se van uniendo en la mente del lector en un enorme palimpsesto hasta formar una visión espaciotemporal del conjunto.

Cabe destacar también el estilo, pues, aunque personal, resulta pretendidamente clásico a la hora de construir la voz narrativa, que muta desde la claridad de un narrador omnisciente hacia el barullo de una primera persona acribillada por ideas y pensamientos. Una voz que por momentos parece un monólogo. Un tono clásico que sin embargo usa un lenguaje original que mezcla el castellano con vocablos en euskera y variaciones como el condicional en vez de subjuntivo (si viviría/si viviera). Prosodia veloz, pincelada suelta para construir cada uno de los relatos que forman las piezas del puzzle. Quizá, al menos desde mi punto de vista lector, el elevado número de personajes a desarrollar suponga un pequeño lastre, pues aprecio cierta indefinición o cierto desorden introspectivo en algunos, sobre todo en los femeninos, más complejos y profundos, con más preguntas que responderse a sí mismos y al lector. Y no me parece ésta una cuestión baladí, puesto que las dos familias son férreos matriarcados donde las decisiones de la ama resultan cruciales para cambiar el curso de las cosas. 

Sea como fuere, Patria tiene hechuras de gran obra y se deja saborear con calma hasta conducirnos a un tiempo cercano que ya es historia porque nuestra mente lo aleja de la memoria como sistema de defensa y lo convierte en un recuerdo lejano; en una pesadilla que hoy Aramburu organiza y representa a través de estas dos familias que existen para que, entre otras cosas, no olvidemos las consecuencias del fanatismo.

Patria, de Fernando Aramburu, Tusquets, 2016.

viernes, 16 de septiembre de 2016

El Bosco en El Prado (La exposición del V Centenario)



Resulta difícil comprender por qué un museo como El Prado, que alberga casi la totalidad de las grandes obras de Hyeronimus Bosch, es elegido para organizar una exposición monográfica (que conmemora el V Centenario de la muerte del pintor) en la cual tan solo añaden a su colección algunas obras menores y otras tantas de su taller y sus seguidores; de las veinticinco obras que existen de El Bosco, seis de las más importantes, quizá las más importantes, pertenecen a la pinacoteca madrileña (la única que iguala la entidad de éstas es Las tentaciones de San Antonio Abad, que se encuentra en Lisboa). Me permito añadir a esta crítica otra referente a la colocación de las obras, pues no han sido puestas en orden cronológico, lo que impide observar la evolución técnica y creativa del artista. En cualquier caso, los amantes de los pintores flamencos y, más en concreto, de El Bosco, nos hemos sentido atraídos por tan magno evento y hemos acudido a la exhibición a pesar del, a mi parecer, elevado precio.

Aunque la organización controla el acceso masivo a través de un sistema de entradas con reserva de fecha y hora, es inevitable la aglomeración que se forma frente a las obras, pues El Bosco es un pintor de composición y detalle, un maestro de la miniatura y del pincel fino. No es fácil por lo tanto contemplar El jardín de las delicias sin estar un rato frente a él esperando que la gente de las filas delanteras se canse y abandone su puesto. A este respecto, me llama la atención la cantidad de expertos en pintura al óleo que hay en España, ¡cómo estudian la pincelada!, parece que tuvieran un escáner en los ojos y fueran capaces de advertir hasta los arrepentimientos. Sin embargo, resulta peor aún, llegado el momento, estar colocado en primera fila, pues uno siente la presión de quienes esperan en la nuca y no disfruta como es debido.

Si tuviera que definir el arte de El Bosco diría que es lisérgico. Pionero de la alucinación creativa y lo surreal; un pintor capaz de plasmar en sus tablas un mundo propio que emerge de las preocupaciones sobre el más allá. El paraíso, el infierno, la realidad como presente. A decir verdad, y aunque suene tópico, las figuras parecen cobrar vida tras contemplarlas un rato; adquieren movimiento y salen del cuadro. De este modo, el espectador se implica hasta que se convierte en parte de la composición y escucha el rumor y el jaleo del Paraíso, los gritos y gemidos, la materialización del placer. Una maravilla. Una explosión de luz y color. No es tanto la capacidad de crear seres imaginarios como la de combinar situaciones inverosímiles en un aquelarre pictórico sublime. 

La exposición resulta en realidad un homenaje a la imaginación. En ella destacan, y esto sí que me parece un acierto de la comisaria Pilar Silva, algunos bocetos como el de El hombre árbol, figura que aparece en El jardín de las delicias. En él se puede observar, además con mucha más tranquilidad que los grandes trípticos, la fase de elaboración de seres extraños e imaginarios que, quizá, quién sabe, no eran más que una mezcla entre la realidad y la mente del autor. Miren si no este enlace. En resumen, la exposición de El Bosco en El Prado resulta, aun a pesar de las críticas que he plasmado arriba, una experiencia hipnótica para cualquier amante de la pintura. 

martes, 30 de agosto de 2016

El Gen Wanderlust


Descubridores. Aventureros. Exploradores. El afán del hombre por conocer territorios remotos e inexplorados ha existido desde muy antiguo. Se trata de una consecuencia lógica de la curiosidad y la inquietud de los humanos por acercarnos a lo desconocido. La necesidad de abandonar el sedentarismo y escaparnos de casa en busca de nuevos territorios, gentes y culturas se ha potenciado en las últimas décadas gracias a la proliferación de las compañías aéreas de bajo coste y el aumento de la oferta hotelera. Hoy en día, desplazarse a Londres, París o Nueva York para pasar unos días de ocio está al alcance de muchos. Pero existe un selecto grupo de gente para quien los viajes representan algo más; para ellos la afición de viajar alcanza el grado de obsesión, de enfermedad. Personas que acuden a trabajar cada lunes pensando en su escapada del viernes, en su viaje exótico del verano o en su fin de semana largo en alguna capital europea. Pues bien, según algunos científicos, esta necesidad enfermiza por viajar sólo por el placer de viajar es de naturaleza genética. Es decir; viene implantado en nuestro ADN desde antes de nacer.

Según explica el blog Psycology blog Aimee, la necesidad de viajar es genética. Se trata de una derivación del gen DRD4, asociado a los niveles de dopamina que llegan al cerebro. La derivación de dicho gen, el DRD4-7R, el “gen viajero” o “gen wanderlust”, provoca que los niveles de dopamina de la persona en cuestión aumenten proporcionalmente a la curiosidad que siente por descubrir nuevos lugares. A mayor curiosidad, mayor nivel de dopamina. Etimológicamente, “wander” significa caminar, en alemán, y “lust” placer. Algo que parece dar sentido a esa fiebre romántica que, cada vez con más fuerza, nos sobreviene sin que podamos remediarlo. 

De acuerdo con los expertos, sólo el 20% de la población posee el gen Wanderlust. No obstante, existen otros estudios que refutan la teoría genética. Según científicos como Kenneth Kidd, de la Universidad de Yale, la curiosidad por explorar lo desconocido, ya sea un lugar, una cultura o cualquier otra cosa, es una capacidad inherente a la condición humana. Sea como fuere, durante las últimas décadas, quizá empujados por el trabajo, las prisas, la rutina y la incomodidad de las grandes ciudades, la población occidental ha comenzado a experimentar un cambio que le ha hecho saltar desde el clásico viaje de relax hacia un nuevo hábito más cercano al del connoisseur. En otras palabras; parte de la sociedad ha cambiado el viaje pasivo conocido como veraneo por un tipo de viaje activo con trazas de aventura. 

Personalmente, me cuesta creer que esta inquietud viajera tenga una raíz genética, aunque es cierto que existe algo en el interior de algunas personas que, en ocasiones, se manifiesta como una fiebre que las impulsa hacia el viaje; una suerte de inquietud que sólo puede remitir viajando. Para éstos, regresar de un viaje significa planear el siguiente en un bucle infinito que puede convertirse en adicción. Se trata de una necesidad real; de una especie de síndrome de abstinencia. No obstante, existe también, en algunos casos, un factor de esnobismo que empuja a la gente a viajar porque “está de moda”. Por lo tanto, aunque podamos concluir que la derivación del gen viajero puede darse en casos concretos, la necesidad viajera, en mi opinión, viene provocada por diversos factores que han convertido el acto de viajar en una especie de droga de nueva creación, una droga contemporánea y costosa que, además de ser legal, mantiene al alza una industria que genera empleo y abre la puerta al conocimiento.

Pero ¿cómo sacar el máximo partido de este movimiento viajero?, ¿cómo conseguir que el viaje sirva para aumentar el conocimiento de quien viaja?, ¿no es acaso el viaje parte de la cultura y ésta parte del sistema educativo? Como ya dijera Miguel de Unamuno basándose en una cita similar de Baroja: “El fascismo se cura viajando”. Una máxima que yo matizaría diciendo que el fascismo, el racismo y el miedo a lo desconocido no se curan sólo viajando, sino viviendo fuera o integrándose en otras culturas. O, dicho de otro modo: sintiendo lo que es ser un expatriado o un inmigrante. De lo cual se deduce que la empatía es el único camino hacia la civilización. Pero para poseerla no es imprescindible viajar al extranjero, sino tener el cerebro recubierto de una capa porosa y permeable; la mente abierta, algo que, por desgracia, no es para nada genético.


jueves, 4 de agosto de 2016

Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta; adulterio y retrato social en la novela del XIX


Resulta difícil abordar un artículo sobre el adulterio en la novela realista del siglo XIX sin caer en el academicismo y la erudición o, dicho de otro modo, sin aportar documentación y utilizar citas. Surge en la fase previa a la escritura de un texto de este tipo alguna de esas preguntas que buscan los porqués de un estudio tan carente de actualidad. La idea de escribir sobre este asunto no es en mi caso más que una necesidad surgida a resultas de  mi reciente lectura de La Regenta y el obligado parangón con otros dos clásicos coetáneos. Sea como fuere, reflexionar sobre la obra de tres de los más grandes exponentes de la literatura universal lleva a uno a emprender acciones insanas, a perpetrar atentados contra la modernidad y sus iconos, es decir; a cambiar la barba hipster por el bigote prusiano y las gafas de pasta por los quevedos. Comencemos pues: 

El adulterio es sin lugar a dudas uno de los temas más recurrentes de la historia de la literatura. Y quién mejor que ciertos personajes del Antiguo Testamento, esa gran novela fantástica, para inaugurar la temática: la bella Betsabé, esposa de Urías el hitita, se acostó una noche con el rey David por deseo expreso de éste, actitud que por supuesto desagradó mucho al Señor. Y aunque parezca anecdótico, dado que los dioses y los reyes mantenían relaciones con quien les apetecía, este episodio posee una trascendencia enorme, pues en él se narra por escrito un hecho que establece unos principios morales dictados por Dios. A partir de aquí, el tema de la infidelidad se mantendrá de una u otra manera a lo largo de la historia de la literatura, incluso durante la Edad Media, en obras como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, o El Decamerón, de Bocaccio, pero no será hasta la explosión de la novela realista en la segunda mitad del siglo XIX cuando el adulterio como temática se convierta en algo recurrente. Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1857), Anna Karenina (León Tolstoi, 1877) y La Regenta (Leopoldo Alas “Clarín”, 1884-85) son tal vez las tres novelas más relevantes, pero ni mucho menos las únicas. Destacan también, entre otras: El primo Basilio (Eça de Queiroz, 1878) Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887) o Effi Briest (Theodor Fontane, 1895).

Como es sabido, pues así se enseña en los libros de texto de Secundaria, la novela realista busca recuperar el análisis objetivo de situaciones y personajes frente al subjetivismo romántico. Los autores realistas tratan de aplicar un método casi científico que les permita estudiar la realidad a través de la observación. A pesar de la influencia marxista en la denuncia de las injusticias y desigualdades sociales, la mayor parte de estas novelas suelen articular sus historias en torno a la burguesía, una clase social que formaba la base del público lector de la época. De hecho, el tedio y la frustración que causan los matrimonios burgueses concertados, tan en boga en la época, servirán a la postre para componer un retrato social canalizado a través de la figura femenina, utilizada ésta en la doble vertiente de objeto y  ejemplo. Ana Ozores, La Regenta, refiere a lo largo del libro expresiones como “hastío eterno” o “tedio”. Anna Karenina, por su parte, experimenta una desagradable sensación de “hipocresía” que “oprime su corazón” cada vez que se rencuentra con su marido. Mientras que Emma Bovary se pregunta en un pasaje: “¿Por qué no tendría al menos por marido a uno de esos hombres de entusiasmos callados que trabajaban por la noche con los libros?”

Por otro lado, la monotonía, la rutina y la carencia de amor conducen a estas mujeres a refugiarse en la lectura. Es en este punto donde aparece con intensidad el elemento quijotesco, pues la pasión desmedida por los libros colmará a las heroínas de unos ideales que, al no verse realizados, desembocarán en frustración. Emma se deleita con relatos románticos que la llevan a soñar con París y sus bailes; con una vida burguesa y liberal que la arranque de su aldea. La Regenta, en cambio, se refugia en lecturas místicas que colman su alma de un candor que su esposo no es capaz de darle. Y Anna Karenina, que tiene acceso a la vida social de la alta burguesía rusa, sueña sin embargo con rodearse de personajes más heroicos que su previsible y formal marido, funcionario zarista que le causa una gran infelicidad. 

Todas estas coincidencias o puntos en común se deben al hecho de que los novelistas consideraban el adulterio como un asunto más social que individual e invitaban, de alguna manera, a la reflexión personal a través de un planteamiento realista cargado de tensión dramática. No obstante, las diferencias entre los tres personajes son también notables, tanto en lo que respecta a los conflictos causados por la culpa como a los aspectos moralizantes de sus finales respectivos. Veamos: la culpabilidad, o noción de pecado, adopta formas muy variadas en las tres heroínas: para las anas, por ejemplo, no existe carga moral, sino más bien social, dado que son ellas mismas quienes, debido a su educación, consideran que han roto las reglas de comportamiento establecidas en su sociedad y entienden que su pecado sería menor de no ser público. Respecto al castigo que cada autor parece imponer a sus personajes principales, Clarín me parece el más vanguardista de los tres, puesto que no sólo indulta a su personaje, desviando el derramamiento de sangre hacia los miembros masculinos, marido y amante, sino que además incluye un elemento innovador en la estructura, ya que amplía el clásico triángulo amoroso marido-mujer-amante al añadir un recurso magistral, que, valga la redundancia, no es otro que el Magistral de la Catedral, amigo y padre espiritual de Anita Ozores y desencadenante del dramático y muy intenso final del libro.


En resumen, la temática naturalista/realista del siglo XIX profundiza en el perfil psicológico de  la mujer para representarnos una época de grandes transformaciones sociales. No debemos olvidar que por aquel entonces las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres y que, en países como España, ni siquiera gozaban del derecho a la educación, lo que permitía a los autores jugar con el desequilibrio social para denunciar las desigualdades de un mundo sin cine y sin series de televisión, un tiempo donde las descripciones exhaustivas de personajes, lugares y situaciones actuaban como lente filmadora, como cinematógrafo, como archivo de la memoria que hoy nos sirve para comparar la historia y ver lo poco que hemos avanzado en ciertos aspectos.