domingo, 10 de septiembre de 2017

La cordada vasca: un cuento de alpinismo




El que se atreve a realizar una utopía se arriesga a fracasar,

pero en última instancia siempre gana

Reinhold Messner


Alberto Iñurrategi, Juan Vallejo y Mikel Zabalza: La cordada WOPeak, son los protagonistas de este cuento que podría haber sido una historia de ficción y que sin embargo es una crónica novelada de un rescate real. Y digo cuento, y no relato, porque, aun no existiendo una diferencia real entre ambos géneros, el cuento posee cierta herencia de la literatura oral y suele mantener una estructura más marcada y menos capitular; un esquema que, como esta historia de alpinismo, tantas veces termina con un desenlace a modo de moraleja. Pero permíteme, lector, reforzar la historia con algunos apuntes técnicos, o como se suele decir ahora, con un poco de no-ficción.


Una cordada un es grupo de más de dos escaladores que comparten una misma cuerda mientras progresan en la montaña, de tal modo que, en caso de accidente, unos puedan retener a los otros. Pero los miembros de una cordada no solo comparten cuerda, sino también recursos, esfuerzo y muchas veces amistad. La cordada vasca WOPeak, formada por tres de los mejores alpinistas del mundo, se definía a sí misma como «un proyecto de equipo que entiende el alpinismo como una escuela de vida en la que el compromiso, la tenacidad, el esfuerzo, el compañerismo, la superación y la emoción tienen la máxima expresión.» En un mundo como el del himalayismo, que ha sido absorbido por la competitividad extrema de Occidente; por la carrera de los ochomiles y la crónica deportiva de los grandes diarios, estos tres montañeros vascos representan la pureza de un estilo y una forma de entender la montaña; la de las vías difíciles y los grandes retos, la de la importancia del camino sobre la meta, la de la excelencia deportiva y los valores intrínsecos a la montaña. 


El proyecto WOPeak pretendía llegar a la cumbre de un ochomil en ocho etapas; es decir: la primera sería una montaña de mil metros, la segunda una de dos mil, la tercera una de tres mil… Y así consecutivamente hasta llegar a un ochomil, que en este caso sería el Gasherbrum, entre China y Pakistán, un conjunto de montañas compuestas de varios picos, entre los que se encuentran el GI y el GII. Los montañeros vascos, con varios ochomiles a sus espaldas, fueron completando todas las etapas hasta llegar a la última y más difícil. Sin embargo, amparados en su idea de la montaña como puerta de entrada al descubrimiento, decidieron evitar la ruta normal y enlazar ambas cumbres sin pasar por el Campo Base. De este modo, explorarían una vía que tan solo había sido escalada dos veces. Un gran colofón a su aventura como equipo, pues sería la última vez que estos tres deportistas, ya veteranos, formarían cordada. Sin embargo, el reto representaba un desafío al alcance de muy pocos. 


Iñurrategi, Vallejo y Zabalza llegaron a la cordillera del Karakórum con la ilusión de tres adolescentes que salen de excursión sin sus padres por primera vez; se aclimataron durante varias semanas y, una vez se sintieron preparados, intentaron el ataque a la primera de las cumbres. Pero, como sucede tantas veces en la alta montaña, el mal tiempo y la nieve acumulada en la ruta elegida les obligó a darse la vuelta durante su primer intento. La frustración que se produce en estos casos es tal que algunos alpinistas pierden su racionalidad como quien pierde las llaves al acomodarse en el asiento del coche y, en consecuencia, se lanzan a la cumbre con una gran carga de insensatez. Cuando el reto es muy grande y genera muchas expectación, la decepción que produce su fracaso se extrapola a los aficionados, que sentados cómodamente en los sofás de sus casas, o en las sillas de estudio frente al ordenador, rabian porque su cordada favorita no ha hecho cumbre. En otras palabras: dirigen su desilusión hacia sus ídolos como si fueran ultras de fútbol enfadados con los jugadores de su equipo tras una derrota. Tras el intento fallido de la cordada vasca, los foros de internet especializados, así como las redes sociales, se llenaron de mensajes que los acusaban de estar mayores, de no ser valientes o incluso de ser unos fracasados. Discursos de odio que no tienen cabida en los deportes de montaña, donde el simple hecho de esforzarse por coronar una cumbre, un esfuerzo físico que ningún otro deporte exige, merece el mayor de los respetos. 


La última intentona de la cordada tuvo lugar un domingo. La nieve seguía cayendo con fuerza y el viento soplaba con la furia de un escuadrón que defiende su territorio de las embestidas de un enemigo agotado tras días de asedio. Aun con todo, los tres montañeros lo intentaron hasta que, resignados, tuvieron que regresar. En ese momento supieron que no podrían conseguirlo, que la ventisca era más fuerte que ellos, que las fuerzas de la naturaleza les derrotarían y que la esperada ventana de buen tiempo no llegaría jamás. Sin embargo, el lunes, mientras descansaban en el Campo Base y preparaban su vuelta, arribó al campamento una expedición comercial que había hecho cima en el GII por la vía normal y les comunicó que uno de sus miembros, el italiano Valerio Annovazzi, se había quedado en el Campo III, a más de siete mil metros de altura. Se encontraba exhausto, tenía congelaciones y articulaba frases inconexas, lo que anticipaba un edema cerebral y, por consiguiente, una muerte lenta. Iñurrategi, Vallejo y Zabalza no se lo pensaron dos veces: cogieron el teleobjetivo del fotógrafo de la expedición, comprobaron que la tienda del Campo III seguía en pie, se vistieron, se calzaron los crampones, cargaron el poco material que necesitaban para escalar al estilo alpino y se lanzaron de nuevo a las duras pendientes de la montaña. 


Las expediciones comerciales están formadas por varios alpinistas que la mayor parte de las veces no se conocen entre sí y se unen para pagar los permisos y los servicios de porteadores y de guías. El problema de estas expediciones estriba en que, en caso de accidente, al no existir entre ellos ningún vínculo y no tratarse, en muchos casos, de alpinistas profesionales, se impone el individualismo y nadie mira por la cordada, a consecuencia de lo cual el descenso se convierte en una lucha descarnada por la supervivencia donde la única máxima que existe es la del “sálvese quien pueda”. Así la cosas, los montañeros vascos no tardaron en darse cuenta de que la noticia que la expedición comercial había traído al Campo Base representaba un reto aún mayor que el que se habían planteado en un principio; tenían que subir al Campo III antes lo más rápido posible y bajar al montañero sano y salvo. 


Como afirmaba el más grande de los alpinistas, Reinhold Messner, existe un alpinismo de conquista, otro de dificultad y finalmente uno de renuncia. El de renuncia al oxígeno, a los porteadores y a los campamentos de altura; la exaltación del estilo alpino. Eso era exactamente lo que estaban haciendo los vascos; subir ligeros y veloces, tan rápido que su ascensión recordaba las mejores gestas del malogrado Ueli Steck. Doce horas después de partir habían llegado al Campo III. Allí comprobaron que Valerio Annovazzi yacía dentro de su tienda en un estado de salud más que delicado. El montañero italiano, de 59 años, estaba deshidratado, tenía congelaciones y no se atrevía a abandonar el campamento. Llevaba cuatro días sin comer y apenas había ingerido líquidos. Tan solo esperaba con calma la llegada de la muerte o de un milagro. Y éste se le presentó personificado en una de las mejores cordadas de todos los tiempos, formada por tres alpinistas a quienes los agoreros había acusado de viejos y cobardes tras renunciar a la cumbre del Gasherbrum. Un equipazo que representaba el alpinismo de siempre: el del todo o nada, el de o todos o ninguno, el de aquellos que, en un paradójico canto vital, se juegan su vida para salvar otras. 


Para Annovazzi, la visión de estos tres hombres debió de suponer una suerte de aparición mariana; una revelación. Le dieron agua y alimentos y le administraron dexametasona para oxigenar su sangre y que, de este modo, pudiera recuperar algo de fuerza para el descenso. Cuando el hombre por fin reaccionó, decidieron bajarle al Campo II, a 6.500 metros de altura, donde pasaron la noche. A la mañana siguiente, aprovechando el último hilo de fuerza que le quedaba al italiano, lo ataron en corto y se turnaron para bajarlo. Pero caminaba muy despacio, con paradas continuas, y el descenso se convirtió en un proceso arduo y fatigoso. Bajar con Annovazzi era como bajar con una bandeja atestada de copas de cristal. Requería pericia y precisión. A pesar de todo, unas horas más tarde arribaron al Campo Base entre el clamor de los allí presentes, que reconocían que ninguna cumbre del mundo representaba un éxito de semejante magnitud, pues esta forma de entender la montaña y el deporte es el único alpinismo en el que muchos creemos, la más alta de la cimas, la de la vida.              

lunes, 21 de agosto de 2017

¿Quién es el impostor en 'El impostor', de Javier Cercas?


El impostor, de Javier Cercas, es, como suelen ser sus novelas de no ficción: historias entretenidas, narraciones ágiles y repetitivas. Recuerdo que en Anatomía de un instante repite centenares de veces que Adolfo Suárez es un arribista. Pues bien, aquí cita al menos cinco veces a Faulkner (“porque el pasado no pasa nunca, ni siquiera —lo dijo Faulkner— es pasado el pasado es una continuación del presente.”), con intenciones de extraña aliteración. Algo que nos sirve como ejemplo del vicio del autor por dejarle claro a sus lectores aquellos puntos en que quiere insistir. Comienzo así este texto para clarificar que la lectura me ha resultado interesante, pero, a tramos, también aburrida, excesiva y repetitiva, como si lo que leía en una parte lo hubiera leído ya en otra anterior. Da la impresión de que hubiese sido más apropiado escribir una versión más corta y contundente, más acertada y certera, de la misma historia, en vez de las cuatrocientas cincuenta páginas que tiene la edición de bolsillo.

No obstante, existe en esta obra de no ficción una reflexión importarte sobre la impostura, sobre la ficción y la no ficción, sobre el arte de contar historias y la imaginación. Y en ese punto se encuentra el acierto de la novela, en plantear que nuestras vidas no se componen solo de lo que vivimos, sino también de lo que imaginamos. Yo también he sido un gran imaginador, un niño que de pequeño vivía su vida; acudía al colegio y luego hacía deporte o cualquier otra actividad extraescolar, y además imaginaba que era otra persona: un jugador de fútbol famoso, por ejemplo, o un ciclista, o alguien reconocido por su trabajo y su esfuerzo. Y además construía diálogos y narrativas al respecto, situaciones inventadas en las que sustituía lo ya vivido o ya hablado por otras acciones y otros diálogos. Esto, visto ahora en perspectiva desde una analítica freudiana, podría dar una muestra de un excesivo ego, de necesidad de reconocimiento, de cierto narcisismo, y quizá fuera así... Afortunadamente, el vicio se me pasó según fui creciendo y tuve que ceñirme a la realidad. Algo que, supongo, denota madurez, puesto que, tarde o temprano, uno abandona al niño que fue; una pena, pues aquella fase era bien divertida, era como vivir dos vidas, varias vidas.

Enric Marco es un caso de quijotismo similar, pero, a diferencia de mí, a él le duró la enfermedad toda su vida, e incluso se agravó con los años. Marco construyó una gran narrativa sobre su historia como soldado de la Guerra Civil, resistente antifranquista, deportado a un campo de concentración y superviviente del Holocausto. Sin embargo, la impostura de Marco fue desmontada por el historiador Benito Bermejo en el año 2005, generando un escándalo mediático de proporciones impensables. Su acción se consideró una falta de respeto a las víctimas y una burla al dolor y a la historia. Años más tarde, Cercas, en su línea de cazador de historias de nuestra historia, decidió, tras muchas dudas, según cuenta en el prólogo, (re)escribir la historia de Marco. 

Como digo arriba, lo más interesante del libro es la reflexión hacia la que conduce el texto. Es decir, por un lado está la cuestión de cómo los seres humanos hacemos literatura de nuestras vidas cuando no estamos satisfechos con ellas. Por otro está el tema de cómo esa literatura puede cambiar el curso de la volátil historia; sí, ésa que escriben los vencedores. Y por último existe la diatriba de cómo la literatura es capaz de buscar la verdad desde la ficción, pues, como afirmaba Lacan, “la verdad tiene estructura de ficción”. Cercas recrea en su obra la vida de Enric Marco en la Barcelona de la Guerra y la Posguerra para que veamos cómo fue su vida y cómo quiso contarla, con mínimas variaciones al comienzo y una gran mentira al final. Sin embargo, es la propia historia de la literatura la que nos descubre y desvela dichas mentiras; sin ir más lejos a través de una de las obras más importantes de siempre, El Quijote, que recorre con un paralelismo constante la narración de El impostor y que nos demuestra que una persona normal, Alonso Quijano, puede convertirse, a través de su imaginación y un desvarío provocado por las lecturas de ficción, en un caballero andante, un dechado de valores en desuso.  

El impostor versa por lo tanto sobre la capacidad de la imaginación humana y su influencia en la vida de los demás. Sin embargo, sobrevuela el texto una suerte de amenaza moral creada por el autor, que, a sabiendas de su existencia, trata de disculpar y justificar, pues Cercas se erige en juez y condena a Marco al grado de mentiroso y sinvergüenza. No obstante, es curioso que, a través de la historia que él mismo cuenta, el lector perciba a Marco como un ser entrañable que se inventó su propia vida de ficción al darse cuenta de que la que le había tocado no le gustaba demasiado. Queda saber por tanto quién es realidad el autor e El impostor, ¿Javier Cercas o Enric Marco?

martes, 25 de julio de 2017

Dunkerque, de Christopher Nolan, una forma de visitar la guerra


Salí de la sala entusiasmado, tanto que le envié un mensaje a mi amigo José Ángel Barrueco en el que le decía que Nolan había reinventado el género bélico. Mi intención era que acudiese a ver la cinta cuanto antes y así poder comentarla. No tuve en cuenta, sin embargo, que Barrueco es uno de los más grandes cinéfilos de este país; había acudido al cine al mismo tiempo que yo, a primera hora de la tarde del domingo; un momento ideal para sumergirse en esta experiencia audiovisual que funciona como una suerte de parque temático de la guerra: una vez dentro, puedes ver, oír y sentir lo mismo que un piloto de un caza o un oficial de la Armada. Lo mismo excepto el frío, el miedo, la cercanía de muerte y el insoportable dolor de cabeza que provocan las explosiones. No hay que olvidar que el cine se visualiza a través de una pantalla y lo que “vivimos” lo hacemos sentados en una cómoda butaca. En cualquier caso, lo que Nolan consigue es lo más parecido a una vivencia real que he experimentado con el cine bélico. 

Como antaño hicera Kubrick, Christopher Nolan es capaz de reinventar todo lo que toca, desde un clásico de superhéroes, hasta una peli bélica, pasando por una historia de ciencia ficción. Y siempre con un toque personal, unas lentes y unos ángulos, una forma de rodar intensa, mucha cámara al hombro y poco desglose, una narración que rompe algunas reglas clásicas. Veamos: la cinta está estructurada por medio de tres acciones paralelas que, como es de esperar, confluyen, o chocan, más bien, en un punto climático. Se trata de la acción en el cielo, con los cazas, la acción en el mar, con los barcos que intentan el rescate de los soldados, y la acción en la tierra, con las peripecias de aquellos que se encuentran atrincherados en la playa de Dunkerque, rodeados por los alemanes, que solo le dejan una salida: el mar. La primera hora es de una intensidad que agota, podríamos decir que el primer acto es la parte más potente, llena de acción, y que los otros dos reducen el ritmo paulatinamente hasta el epílogo.

Nolan no consigue que sintamos frío (eso ya lo hacen los empleados de la sala de exhibición con la potencia del aire acondicionado), pero sí es capaz de transmitir la sensación de que los personajes lo están sintiendo. Del mismo modo, también consigue que volemos subidos en un Spitfire o que apretemos los dientes para que los soldados aliados alcancen las trincheras antes de que los alemanes les llenen la espalda de plomo. Y esto hay que valorarlo como un logro, pues en la cinta de Nolan la épica es moderada y el drama se presenta crudo, sin edulcorantes. En el montaje, el uso de la música no busca la emoción y la lágrima fácil, sino la tensión que genera una atmósfera opresora, la de la guerra. Dunkerque se convierte así en una suerte de documental de ficción en el que se nos narra uno de los rescates más insólitos de la II Guerra Mundial. 

La batalla de Dunkerque supuso uno de los mayores desastres del ejército aliado. Ingleses y franceses quedaron rodeados y atrapados contra el mar en la localidad francesa, esperando un rescate imposible, pues los aviones alemanes destruían, uno tras otro, los barcos de la armada británica que acudían al rescate. Así las cosas, Nolan nos cuenta la historia del inversosímil rescate, pero más que contarnos la guerra, como hacen la mayoría de películas bélicas, nos habla de solidaridad y resistencia; del apego a la vida y la importancia del compromiso; de las consecuencias que implica un conflicto armado; de la estupidez del hombre. Y lo hace sin que podamos pestañear, con una intensidad y un ritmo frenéticos que convierten el visionado en una experiencia de realidad virtual. Sólo hace falta que en la próxima sea capaz de que seamos nosotros quienes aprietan el gatillo… 

viernes, 30 de junio de 2017

Yo confieso, de Jaume Cabré


A decir verdad, he leído Yo confieso gracias a una de las muchas formas en que se presenta la casualidad. Resulta que alguien en quien confío, un gran lector, me la recomendó como una gran novela, una de esas que tarde o temprano hay que leer; podría ser  “la Gran Novela Catalana o incluso una de las grandes novelas europeas”, me dijo. Así las cosas, acudí a una biblioteca pública y tomé prestado un ejemplar, pues no está la economía para adquirir en propiedad todo lo que uno lee. No obstante, tras comenzar su lectura, seré sincero, me asaltaron las dudas, sobre todo debido a la dimensión del volumen, pues más que una novela parecía el tomo de una enciclopedia, casi novecientas páginas en tapa dura. De modo que decidí esperar unos días antes de resolver si seguir con ella o abandonarla. En ese impasse, se produjo en mi vida un cambio radical e inesperado que acarreó finalmente una mudanza y construyó, por ende, un insólito escenario de carestía libresca. Me explico: tenía todos los libros empaquetados en cajas y me vi obligado a continuar la lectura de Yo confieso una mañana que, desesperado como un yonqui, busqué por las esquinas cualquier libro que pudiera echarme a la boca. Dicho esto, me alegro mucho de que las circunstancias me dirigiesen a ese punto de no retorno, al momento en que comencé a leer las andanzas del inolvidable personaje Adriá Ardévol, pues ya no pude parar hasta la página 850, la conclusión de la historia, el final.

Entendido como un género, me encanta el Bildungsroman, ese tipo de novela de iniciación en las que un muchacho nos aporta el punto de vista que del mundo obtiene un niño. La visión de la familia, los mayores, eso que llaman adultos, y la evolución de ese personaje hasta entender, o no, los mecanismos que hacen girar el planeta para que interactúen nuestras vidas sobre su superficie. De este modo, Jaume Cabré nos presenta a un niño que viene al mundo en un entorno familiar con ciertas peculiaridades. Su padre regenta una tienda de antigüedades y vive totalmente absorbido por su negocio. Lo único que espera de su hijo es que sea políglota. La madre, por su parte, también deposita en el infante sus esperanzas profesionales a base de proyectar en él sus frustraciones, puesto que pretende que sea violinista. Pero lo que realmente le gusta a Adriá es la Historia. Y esta novela no es sólo la historia de Adriá, sino el equivalente de su relato en un conjunto que abarca parte de la historia europea y del siglo XX en general. Una suerte de Historia novelada.

En una obra de casi novecientas páginas, que además salta en el tiempo a su capricho y que, mención aparte, presenta una original forma de narrar que consiste en cambiar de voz narrativa en función de la veracidad del relato (Adría escribe en primera persona lo que le sucede a él y cambia a la tercera omnisciente si aquello que cuenta no lo ha vivido él, sino que lo ha leído o se lo han contado), ha de poseer a la fuerza un hilo argumental que recorra la obra de forma subterránea. Se trata en este caso de un violín. Un storioni. Un valioso instrumento fabricado en el siglo XVII que el padre de Adriá adquiere de forma moralmente dudosa y cuya historia nos ayuda a recorrer la historia de Europa. Esto hace avanzar la trama y otorga intensidad al relato, puesto que el violín se convierte en una suerte de mcguffin. Se trata en mi opinión, del mayor acierto de la novela; dirigir el foco de la tensión dramática hacia un objeto de valor económico, pero sobre todo sentimental, que servirá de fuente de conflictos. Pero Yo confieso es también  una carta de amor sincera y desesperada. Un canto al fracaso al que todos aspiramos, que no es otra cosa que la muerte.

Existe una tercera línea argumental en forma de falso ensayo: el que pretende escribir el protagonista, sobre el origen del mal y su independencia, pues éste no pertenece a una persona sino que conquista y atrapa a cualquier ser humano que en un momento dado sea invadido por malos sentimientos. Pues bien, esta cuestion queda inacabada y poco definida, como si no tuviera importancia cerrarla al margen de los personajes. Y es que son algunos de esos personajes la ejemplificacion del mal, como el padre de Adriá, Félix Ardévol, pragmático y avaricioso hasta el límite, amante indiscreto, mal marido y deficiente padre; una persona dedicada a su negocio, sus propiedades y su dinero. Pero también alguien con un despacho que derrocha sabiduría a través de unos anaqueles llenos de libros y objetos antiguos y valiosos que nos retrotaen, a través de digresiones, a un pasado reciente donde la humanidad se volvió loca; a las guerras, el exterminio y la barbarie. El despacho del señor Ardévol es por tanto una puerta hacia la sabiduría y el conocimiento, pero también un agujero de gusano que lanza a Adriá al pasado por medio de los objetos que toca. Un pozo sin fondo para cualquiera que guste de aprender, de conocer el mundo que le rodea, y el que le rodeó.

Y luego está la memoria, la que el protagonista pierde, o las memorias, las que el protagonista escribe, pues la única escapatoria a la pérdida de memoria, al Alzehimer, es la escritura, la construcción de un relato, de una novela; los secretos de un padre y una familia cuyos miembros apenas se conocen entre sí. La plasmacion ficionalizada que se construye en un texto como éste ha de hacerse a traves de recuerdos, y los recerdos son imprecisos, fallan, engañan y manipulan como lo hace la ficción, como lo hacen los narradores de esta obra con hechuras de gran novela; un recorrido por la historia reciente y sus consecuencias. Tal vez un intento fallido de escribir una obra maestra que sin embargo da como resultado una buena novela. 

Yo confieso, de Jaume Cabré. Destino, 2011

lunes, 5 de junio de 2017

La familia feliz


Hace años que no escribo un relato corto. Y creo que es un buen momento para volver a hacerlo. Aunque, bien pensado, este comienzo sería más adecuado para un ensayo o un diario. Tengo la impresión de que ya no sé cómo iniciar un texto, y arrancar es siempre lo más difícil. Sea como fuere, quería hablar sobre la pareja y la vida en sociedad, sobre sus estándares, sus rutinas y sus imposiciones. Sobre la amistad. Ese sentimiento de afecto y pertenencia que tanto necesitamos los humanos. A veces hablamos con orgullo de la cantidad de amistades que tenemos; la vida social; las cenas y las copas. ¿Pero qué ocurre en situaciones dramáticas, extraordinarias o de suma dificultad? Son esos momentos en los que la lista se estrecha y sólo son unos pocos los que se dejan ver o simplemente llaman para “ver qué tal”, “echar una mano” o “saber si necesitas algo”. Pero existe un caso aún más peliagudo, al menos más complejo: el de las amistades en pareja. Me viene a la memoria la historia de un conocido que, tras veinte años de matrimonio, se separó de manera amistosa de su mujer. Resulta relevante contar que tenían un retoño de menos de dos años y que su mayor preocupación era él. Sin embargo, lo que nos ocupa, el material que el relato exige y ha de contener, se centra más bien en cómo afectó la decisión a la vida social de la pareja. Porque, claro, cuando una pareja se separa, los miembros de otras parejas suelen tomar partido por uno de los implicados, aunque, en ocasiones, ni siquiera es necesaria la parcialidad para romper relaciones, pues se impone el pragmatismo; es decir: “estos ya no nos sirven porque no son pareja y, por lo tanto, no podemos salir en comanda y su hijo ya no jugará con el nuestro, etc”. Pero volvamos a la narrativa de la historia que nos ocupa: resulta que la decisión de separarse no sentó bien en algunos de sus círculos sociales, quizá porque, de alguna manera, también modificaba las rutinas de los demás. Así las cosas, los padres divorciados, viviendo ya en dos domicilios distintos, resolvieron que sería mejor matricular a su hijo en una guardería del nuevo barrio al que se habían mudado. A ella acudían también los hijos de otras dos parejas afines, o digamos mejor amigas, o quizá sólo conocidas. Durante los primeros meses de curso, los examigos fueron correctos y diplomáticos en el trato con los padres separados, que acudían cada uno por su cuenta a llevar o recoger a su hijo. A decir verdad, la situación resultaba algo violenta, pues los viejos amigos no se atrevían a intimar con ninguno de los miembros de la pareja para no desmerecer al otro, de modo que al final se saludaban, intercambiaban algún comentario banal y se deseaban buenas tardes; lo habitual entre gente que convive pero no estrecha lazos. No obstante, un día cualquiera, una de las parejas “amigas” les convidó a cenar en su casa por separado; primero a ella y luego a él. La sorpresa fue mayúscula cuando, el día de la cita con ella, se presentó la familia al completo: la mujer, su exmarido y su hijo. Todos en compañía, como una unidad familiar cualquiera, como si nada hubiese sucedido. Esto desconcertó a los anfitriones, que les hicieron pasar al salón un tanto atribulados y les instaron a sentarse a tomar un aperitivo. La noche era húmeda y anticipaba un verano agresivo a través de los aromas de las plantas y el aliento de la tierra del jardín, donde preparaban la barbacoa. Fue entonces, mientras el humo ascendía al cielo formando volutas salomónicas, cuando la anfitriona preguntó a su homónima si se había vuelto a “arrejuntar”. Sí, respondió la mujer, nos hemos vuelto a unir, al menos a efectos sociales, de este modo la gente no nos da de lado, ni como pareja ni como individuos; además nos sirve para demostrar que para ser una familia feliz no se necesita vivir bajo el yugo matrimonial, con la frustración que genera una atadura, una obligación o una cárcel. Acudimos a menudo al parque con nuestro hijo o a tomar un aperitivo a una terraza sin él; nos comportamos como una familia, una más, una cualquiera, pero dormimos separados. Nuestro pequeño tiene dos casas y dos mascotas, dos teles y dos terrazas, dos viajes estivales y dos regalos de Reyes, es un privilegiado burgués aun siendo hijo de dos asalariados de clase media que sufren para llegar a fin de mes, y se muestra feliz y contento porque jamás discutimos, puesto que ya no somos un matrimonio y, por lo tanto, poco podemos exigirnos. La única pena que me queda es que los adultos no sean capaces de asumir con tanta naturalidad como los niños que la familia es lo que sus miembros decidan ser y no lo que la tradición, la Iglesia o el Estado han impuesto desde tiempos inmemoriales.