viernes, 16 de septiembre de 2016

El Bosco en El Prado (La exposición del V Centenario)



Resulta difícil comprender por qué un museo como El Prado, que alberga casi la totalidad de las grandes obras de Hyeronimus Bosch, es elegido para organizar una exposición monográfica (que conmemora el V Centenario de la muerte del pintor) en la cual tan solo añaden a su colección algunas obras menores y otras tantas de su taller y sus seguidores; de las veinticinco obras que existen de El Bosco, seis de las más importantes, quizá las más importantes, pertenecen a la pinacoteca madrileña (la única que iguala la entidad de éstas es Las tentaciones de San Antonio Abad, que se encuentra en Lisboa). Me permito añadir a esta crítica otra referente a la colocación de las obras, pues no han sido puestas en orden cronológico, lo que impide observar la evolución técnica y creativa del artista. En cualquier caso, los amantes de los pintores flamencos y, más en concreto, de El Bosco, nos hemos sentido atraídos por tan magno evento y hemos acudido a la exhibición a pesar del, a mi parecer, elevado precio.

Aunque la organización controla el acceso masivo a través de un sistema de entradas con reserva de fecha y hora, es inevitable la aglomeración que se forma frente a las obras, pues El Bosco es un pintor de composición y detalle, un maestro de la miniatura y del pincel fino. No es fácil por lo tanto contemplar El jardín de las delicias sin estar un rato frente a él esperando que la gente de las filas delanteras se canse y abandone su puesto. A este respecto, me llama la atención la cantidad de expertos en pintura al óleo que hay en España, ¡cómo estudian la pincelada!, parece que tuvieran un escáner en los ojos y fueran capaces de advertir hasta los arrepentimientos. Sin embargo, resulta peor aún, llegado el momento, estar colocado en primera fila, pues uno siente la presión de quienes esperan en la nuca y no disfruta como es debido.

Si tuviera que definir el arte de El Bosco diría que es lisérgico. Pionero de la alucinación creativa y lo surreal; un pintor capaz de plasmar en sus tablas un mundo propio que emerge de las preocupaciones sobre el más allá. El paraíso, el infierno, la realidad como presente. A decir verdad, y aunque suene tópico, las figuras parecen cobrar vida tras contemplarlas un rato; adquieren movimiento y salen del cuadro. De este modo, el espectador se implica hasta que se convierte en parte de la composición y escucha el rumor y el jaleo del Paraíso, los gritos y gemidos, la materialización del placer. Una maravilla. Una explosión de luz y color. No es tanto la capacidad de crear seres imaginarios como la de combinar situaciones inverosímiles en un aquelarre pictórico sublime. 

La exposición resulta en realidad un homenaje a la imaginación. En ella destacan, y esto sí que me parece un acierto de la comisaria Pilar Silva, algunos bocetos como el de El hombre árbol, figura que aparece en El jardín de las delicias. En él se puede observar, además con mucha más tranquilidad que los grandes trípticos, la fase de elaboración de seres extraños e imaginarios que, quizá, quién sabe, no eran más que una mezcla entre la realidad y la mente del autor. Miren si no este enlace. En resumen, la exposición de El Bosco en El Prado resulta, aun a pesar de las críticas que he plasmado arriba, una experiencia hipnótica para cualquier amante de la pintura. 

martes, 30 de agosto de 2016

El Gen Wanderlust


Descubridores. Aventureros. Exploradores. El afán del hombre por conocer territorios remotos e inexplorados ha existido desde muy antiguo. Se trata de una consecuencia lógica de la curiosidad y la inquietud de los humanos por acercarnos a lo desconocido. La necesidad de abandonar el sedentarismo y escaparnos de casa en busca de nuevos territorios, gentes y culturas se ha potenciado en las últimas décadas gracias a la proliferación de las compañías aéreas de bajo coste y el aumento de la oferta hotelera. Hoy en día, desplazarse a Londres, París o Nueva York para pasar unos días de ocio está al alcance de muchos. Pero existe un selecto grupo de gente para quien los viajes representan algo más; para ellos la afición de viajar alcanza el grado de obsesión, de enfermedad. Personas que acuden a trabajar cada lunes pensando en su escapada del viernes, en su viaje exótico del verano o en su fin de semana largo en alguna capital europea. Pues bien, según algunos científicos, esta necesidad enfermiza por viajar sólo por el placer de viajar es de naturaleza genética. Es decir; viene implantado en nuestro ADN desde antes de nacer.

Según explica el blog Psycology blog Aimee, la necesidad de viajar es genética. Se trata de una derivación del gen DRD4, asociado a los niveles de dopamina que llegan al cerebro. La derivación de dicho gen, el DRD4-7R, el “gen viajero” o “gen wanderlust”, provoca que los niveles de dopamina de la persona en cuestión aumenten proporcionalmente a la curiosidad que siente por descubrir nuevos lugares. A mayor curiosidad, mayor nivel de dopamina. Etimológicamente, “wander” significa caminar, en alemán, y “lust” placer. Algo que parece dar sentido a esa fiebre romántica que, cada vez con más fuerza, nos sobreviene sin que podamos remediarlo. 

De acuerdo con los expertos, sólo el 20% de la población posee el gen Wanderlust. No obstante, existen otros estudios que refutan la teoría genética. Según científicos como Kenneth Kidd, de la Universidad de Yale, la curiosidad por explorar lo desconocido, ya sea un lugar, una cultura o cualquier otra cosa, es una capacidad inherente a la condición humana. Sea como fuere, durante las últimas décadas, quizá empujados por el trabajo, las prisas, la rutina y la incomodidad de las grandes ciudades, la población occidental ha comenzado a experimentar un cambio que le ha hecho saltar desde el clásico viaje de relax hacia un nuevo hábito más cercano al del connoisseur. En otras palabras; parte de la sociedad ha cambiado el viaje pasivo conocido como veraneo por un tipo de viaje activo con trazas de aventura. 

Personalmente, me cuesta creer que esta inquietud viajera tenga una raíz genética, aunque es cierto que existe algo en el interior de algunas personas que, en ocasiones, se manifiesta como una fiebre que las impulsa hacia el viaje; una suerte de inquietud que sólo puede remitir viajando. Para éstos, regresar de un viaje significa planear el siguiente en un bucle infinito que puede convertirse en adicción. Se trata de una necesidad real; de una especie de síndrome de abstinencia. No obstante, existe también, en algunos casos, un factor de esnobismo que empuja a la gente a viajar porque “está de moda”. Por lo tanto, aunque podamos concluir que la derivación del gen viajero puede darse en casos concretos, la necesidad viajera, en mi opinión, viene provocada por diversos factores que han convertido el acto de viajar en una especie de droga de nueva creación, una droga contemporánea y costosa que, además de ser legal, mantiene al alza una industria que genera empleo y abre la puerta al conocimiento.

Pero ¿cómo sacar el máximo partido de este movimiento viajero?, ¿cómo conseguir que el viaje sirva para aumentar el conocimiento de quien viaja?, ¿no es acaso el viaje parte de la cultura y ésta parte del sistema educativo? Como ya dijera Miguel de Unamuno basándose en una cita similar de Baroja: “El fascismo se cura viajando”. Una máxima que yo matizaría diciendo que el fascismo, el racismo y el miedo a lo desconocido no se curan sólo viajando, sino viviendo fuera o integrándose en otras culturas. O, dicho de otro modo: sintiendo lo que es ser un expatriado o un inmigrante. De lo cual se deduce que la empatía es el único camino hacia la civilización. Pero para poseerla no es imprescindible viajar al extranjero, sino tener el cerebro recubierto de una capa porosa y permeable; la mente abierta, algo que, por desgracia, no es para nada genético.


jueves, 4 de agosto de 2016

Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta; adulterio y retrato social en la novela del XIX


Resulta difícil abordar un artículo sobre el adulterio en la novela realista del siglo XIX sin caer en el academicismo y la erudición o, dicho de otro modo, sin aportar documentación y utilizar citas. Surge en la fase previa a la escritura de un texto de este tipo alguna de esas preguntas que buscan los porqués de un estudio tan carente de actualidad. La idea de escribir sobre este asunto no es en mi caso más que una necesidad surgida a resultas de  mi reciente lectura de La Regenta y el obligado parangón con otros dos clásicos coetáneos. Sea como fuere, reflexionar sobre la obra de tres de los más grandes exponentes de la literatura universal lleva a uno a emprender acciones insanas, a perpetrar atentados contra la modernidad y sus iconos, es decir; a cambiar la barba hipster por el bigote prusiano y las gafas de pasta por los quevedos. Comencemos pues: 

El adulterio es sin lugar a dudas uno de los temas más recurrentes de la historia de la literatura. Y quién mejor que ciertos personajes del Antiguo Testamento, esa gran novela fantástica, para inaugurar la temática: la bella Betsabé, esposa de Urías el hitita, se acostó una noche con el rey David por deseo expreso de éste, actitud que por supuesto desagradó mucho al Señor. Y aunque parezca anecdótico, dado que los dioses y los reyes mantenían relaciones con quien les apetecía, este episodio posee una trascendencia enorme, pues en él se narra por escrito un hecho que establece unos principios morales dictados por Dios. A partir de aquí, el tema de la infidelidad se mantendrá de una u otra manera a lo largo de la historia de la literatura, incluso durante la Edad Media, en obras como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, o El Decamerón, de Bocaccio, pero no será hasta la explosión de la novela realista en la segunda mitad del siglo XIX cuando el adulterio como temática se convierta en algo recurrente. Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1857), Anna Karenina (León Tolstoi, 1877) y La Regenta (Leopoldo Alas “Clarín”, 1884-85) son tal vez las tres novelas más relevantes, pero ni mucho menos las únicas. Destacan también, entre otras: El primo Basilio (Eça de Queiroz, 1878) Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887) o Effi Briest (Theodor Fontane, 1895).

Como es sabido, pues así se enseña en los libros de texto de Secundaria, la novela realista busca recuperar el análisis objetivo de situaciones y personajes frente al subjetivismo romántico. Los autores realistas tratan de aplicar un método casi científico que les permita estudiar la realidad a través de la observación. A pesar de la influencia marxista en la denuncia de las injusticias y desigualdades sociales, la mayor parte de estas novelas suelen articular sus historias en torno a la burguesía, una clase social que formaba la base del público lector de la época. De hecho, el tedio y la frustración que causan los matrimonios burgueses concertados, tan en boga en la época, servirán a la postre para componer un retrato social canalizado a través de la figura femenina, utilizada ésta en la doble vertiente de objeto y  ejemplo. Ana Ozores, La Regenta, refiere a lo largo del libro expresiones como “hastío eterno” o “tedio”. Anna Karenina, por su parte, experimenta una desagradable sensación de “hipocresía” que “oprime su corazón” cada vez que se rencuentra con su marido. Mientras que Emma Bovary se pregunta en un pasaje: “¿Por qué no tendría al menos por marido a uno de esos hombres de entusiasmos callados que trabajaban por la noche con los libros?”

Por otro lado, la monotonía, la rutina y la carencia de amor conducen a estas mujeres a refugiarse en la lectura. Es en este punto donde aparece con intensidad el elemento quijotesco, pues la pasión desmedida por los libros colmará a las heroínas de unos ideales que, al no verse realizados, desembocarán en frustración. Emma se deleita con relatos románticos que la llevan a soñar con París y sus bailes; con una vida burguesa y liberal que la arranque de su aldea. La Regenta, en cambio, se refugia en lecturas místicas que colman su alma de un candor que su esposo no es capaz de darle. Y Anna Karenina, que tiene acceso a la vida social de la alta burguesía rusa, sueña sin embargo con rodearse de personajes más heroicos que su previsible y formal marido, funcionario zarista que le causa una gran infelicidad. 

Todas estas coincidencias o puntos en común se deben al hecho de que los novelistas consideraban el adulterio como un asunto más social que individual e invitaban, de alguna manera, a la reflexión personal a través de un planteamiento realista cargado de tensión dramática. No obstante, las diferencias entre los tres personajes son también notables, tanto en lo que respecta a los conflictos causados por la culpa como a los aspectos moralizantes de sus finales respectivos. Veamos: la culpabilidad, o noción de pecado, adopta formas muy variadas en las tres heroínas: para las anas, por ejemplo, no existe carga moral, sino más bien social, dado que son ellas mismas quienes, debido a su educación, consideran que han roto las reglas de comportamiento establecidas en su sociedad y entienden que su pecado sería menor de no ser público. Respecto al castigo que cada autor parece imponer a sus personajes principales, Clarín me parece el más vanguardista de los tres, puesto que no sólo indulta a su personaje, desviando el derramamiento de sangre hacia los miembros masculinos, marido y amante, sino que además incluye un elemento innovador en la estructura, ya que amplía el clásico triángulo amoroso marido-mujer-amante al añadir un recurso magistral, que, valga la redundancia, no es otro que el Magistral de la Catedral, amigo y padre espiritual de Anita Ozores y desencadenante del dramático y muy intenso final del libro.


En resumen, la temática naturalista/realista del siglo XIX profundiza en el perfil psicológico de  la mujer para representarnos una época de grandes transformaciones sociales. No debemos olvidar que por aquel entonces las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres y que, en países como España, ni siquiera gozaban del derecho a la educación, lo que permitía a los autores jugar con el desequilibrio social para denunciar las desigualdades de un mundo sin cine y sin series de televisión, un tiempo donde las descripciones exhaustivas de personajes, lugares y situaciones actuaban como lente filmadora, como cinematógrafo, como archivo de la memoria que hoy nos sirve para comparar la historia y ver lo poco que hemos avanzado en ciertos aspectos. 

miércoles, 13 de julio de 2016

El ruido del tiempo, de Julian Barnes


A veces uno se pregunta por qué se publican ciertos libros o por qué ciertos autores consagrados y reconocidos por la crítica deciden escribir novelas vacuas que ni aportan nada a la literatura ni hacen disfrutar al lector. El caso de Julian Barnes parece similar al de Paul Auster, pues la producción de ambos ha ido perdiendo calidad con el paso de los años. Se me ocurre, o quizá quiero pensar, que este descenso cualitativo se debe sobre todo a las presiones editoriales y las exigencias de ciertos contratos; El ruido del tiempo es una novela firmada por una de las plumas con más reputación de Reino Unido y Europa que, sin embargo, parece diseñada, estructurada por un amateur.

El ruido del tiempo es una biografía novelada que aborda la figura del compositor ruso Dimitri Shostakóvich como paradigma del artista vendido a la causa del poder. Aunque en su caso no tanto por convencimiento como por cobardía. Todo comienza cuando el amado líder, Iosif Stalin, acude al Bolshoi para asistir a una representación de Lady Macbeth de Mtsensk, de Shostakóvich. Dos días después, aparece en el Pravda una crítica demoledora de la obra, la cual será prohibida a la postre por el Poder. El compositor sabe que semejante acusación no sólo puede acabar con su carrera, sino también con su vida. Sin embargo, Shostakóvich sobrevive y se convierte con los años en un artista modélico para el régimen a costa de perder gran parte de su dignidad y de su orgullo como creador.

Lo que Barnes realiza con esta obra es muy similar a lo que Jean Echenoz había ya realizado con las biografías noveladas de Ravel y Zatopek. Sin embargo, el británico carece de la concisión, la agilidad y la frescura del francés para eliminar lo contingente y quedarse con lo necesario y estructura la obra en torno a pensamientos sueltos en forma de párrafos que, a modo de retales, van componiendo un tapiz cuyo resultado final es deslavazado, confuso y, lo peor, aburrido de reconstruir. A pesar de contar con un puñado de citas magistrales como versos sueltos en un soneto sin alma, la novela no consigue acercar al lector a la figura de Shostakóvich, que aparece como un personaje distante y frío. De tal modo que al final de libro uno aún no forma parte de él. Por otro lado, la historia es anodina y su mayor interés y tensión se concentran al principio, en los años del gran terror y el culto a la personalidad. Tampoco los secundarios tienen fuerza, ni el Poder inspira pavor, y, por lo tanto, la empatía resulta imposible.  

El ruido del tiempo es una gran decepción que me lleva a preguntarme qué criterio siguen las editoriales para publicar a ciertos autores extranjeros. ¿Los publican porque les garantizan un éxito de ventas? ¿Los publican porque son autores "de la casa"? ¿Le podríamos enviar a Anagrama un texto amateur firmado por un grande y que lo publicaran? Sea como fuere, espero no volver a malgastar 16.50 euros en un error creativo como éste. 

miércoles, 29 de junio de 2016

El runrún de la violencia




Apuntaba con lucidez el escritor Isaac Asimov que “la violencia es el último refugio del incompetente”. No obstante esta certeza, la experiencia histórica nos enseña que la violencia es también el último recurso del desesperado. Las décadas finales del siglo XX se desarrollaron bajo un estado de calma tensa que tuvo su mejor ejemplo en la Guerra Fría; una estudiada dinámica de amenazas sin agresiones. Sin embargo, tras la caída del Muro y, en consecuencia, la carencia de un bloque opuesto a los intereses de Occidente, el mundo parecía haberse unificado bajo el paternalismo del bienestar y caminar hacia la convivencia pacífica propia de una civilización desarrollada. Pero no somos nosotros, los ciudadanos de a pie que pagamos nuestros impuestos, quienes decidimos el grado de estabilidad del mundo, sino los poderes fácticos. Así pues, desde la llegada de la crisis financiera a los Estados Unidos, en 2008, y la postrera crisis del euro en el viejo continente, la entente pacífica se fue rompiendo y el runrún de la violencia comenzó vibrar con fuerza. 

En 2011, tres años después del estallido de la burbuja de las subprimes, llegó a nuestra orilla una ola de protestas pacíficas que aglutinaban todo el descontento social acumulado durante años. Acampadas callejeras como el 15M, Occupy Wall Street o las primaveras árabes funcionaron durante un breve periodo de tiempo como un espejo que creaba la ilusión de que el pueblo tenía voz, capacidad para exigir e incluso cierto poder de decisión. Pero enseguida nos dimos cuenta de que la esperanza seguía siendo una quimera, pues lo que parecía una apertura hacia la ilusión, una limpieza democrática en Occidente y una eventual llegada de la democracia a un puñado países árabes, o bien se esfumó como gas en el aire o bien terminó en revueltas callejeras violentas que, en algunos casos, como el de Siria o Libia, desencadenaron una guerra civil. Además, a mediados de 2014 estalló otro conflicto: el de Ucrania, que reactivó las alarmas bélicas apagadas en Europa desde la Guerra de los Balcanes; las muertes, las hambrunas, las migraciones masivas de refugiados. Por si esto fuera poco, por esas mismas fechas el ISIS irrumpió con fuerza en la escena mundial, saltando desde la insurgencia siria al mundo globalizado con una puesta en escena espectacular por su primitivismo sádico y su capacidad para atraer fanáticos.

Resulta cuando menos curioso que la caída del régimen financiero coincidiera con la ruptura de la paz de la que disfrutábamos los burgueses ciudadanos occidentales, acostumbrados a ver la televisión digital tumbados en nuestro sofá de piel mientras escuchábamos las noticias sobre bombardeos en Palestina como si fueran el argumento de un serial televisivo. Es obvio que sin dinero no hay estabilidad, pero el dinero no lo crean los estados, sino ciertas entidades privadas llamadas bancos. Por consiguiente, con la aparición de la crisis se redujo el crédito e incrementó la dificultad de la clase media para acceder a los recursos, pero también llegó el temor y la desesperación, la realidad y la carestía, la desconfianza y los impagos, y se acabó el miedo a perderlo todo, pues ya casi nadie tenía mucho que perder.

Como ya ocurriera tras la Gran Depresión, con los prolegómenos de la II Guerra Mundial, la crisis económica ha traído consigo el runrún de la violencia. Ésta sigue estando, de alguna manera, relacionada, o incluso regulada y dominada, por los poderes fácticos, que la controlan o la desencadenan en función de sus intereses. Ahora bien, para que este runrún se convierta en una seria amenaza para la humanidad se precisa que un lunático sea aupado de forma democrática a la presidencia de una gran nación. Algo que no obstante puede ocurrir si Donald Trump o Marie LePen aprovechan la debilidad de un electorado desilusionado, atemorizado, desesperado y acechado por las deudas, como ha ocurrido a modo de preludio con el Brexit. Al fin y al cabo, como vemos estos días en la Eurocopa de Francia, la violencia permanece arraigada en lo más profundo del hombre, esperando que alguien la despierte de su letargo. Aunque sea difícil de creer, el ser humano, o parte de su especie, sigue siendo tan salvaje como hace siglos, pues disfruta infligiendo daño y dolor, creando caos y destrucción. O al menos, atemorizando a otros por medio de ese sonido metálico que retumba en los tímpanos; el runrún de una violencia y un odio de los que debemos huir como de una tormenta de verano. 

viernes, 17 de junio de 2016

Cero K, de Don DeLillo


Con Cero K regresa el DeLillo de finales del siglo XX, el autor de Submundo, Ruido de fondo, Libra y Mao II, al tiempo que se aleja el escritor de Cosmópolis, Punto Omega o El hombre del salto, obras elaboradas con una prosa brillante que sin embargo carecían de la hondura de la que es capaz un gran novelista como DeLillo.

Las novelas del norteamericano están construidas con un material pesado y duradero; temas graves que le sirven para reflexionar sobre la sociedad de masas y los problemas derivados de ella. Obsesiones sobre la naturaleza humana y su reverso más tenebroso; sobre el terrorismo, sobre el arte y la guerra o la guerra como arte o incluso el arte de la guerra. Y la muerte como telón de fondo y destino inevitable.

Y de eso nos habla Cero K, de la posibilidad de evitar la muerte gracias a la tecnología, a la criogénesis. Modificar lo inevitable y anular así el sentido de la existencia. Un lujoso programa para ricos que se consideran inmortales y que despertarán en un futuro donde los avances permitan la reactivación de la vida; la resurrección. Se trata de mantener la conciencia con cierto grado de actividad, como un sueño muy largo y profundo, como un letargo. Pero ¿qué sentido tiene la vida sin el miedo a desaparecer, a no vivirla más a partir de la muerte?

Éstas y otras cuestiones similares aparecen en Cero K diseminadas en un argumento sencillo elaborado por medio de una prosa brillante pero quizá menos ornamentada y compleja que la utilizada en sus grandes obras de los ochenta y los noventa. Un estilo que genera imágenes potentes y que se recrea en las descripciones. Imágenes de imágenes; como el recurso de describir con detalle las imágenes de una pantalla gigante que las proyecta y ahondar así en la subjetividad de las percepciones y la impresión que causan en los distintos individuos, dentro de los cuales se incluye también el lector, que percibe letras que forman frases que a su vez construyen imágenes.

Cero K es una obra con la que el lector puede gozar tanto en la forma, con sus preciosa estética, como en el fondo, con su gravedad serena. Una obra que demuestra que el viejo maestro narrador, maestro de maestros, ha recuperado su mejor forma.

Cero K, de Don DeLillo. Seix Barral, 2016 [Traducción de Javier Calvo]